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“EL PAN Y EL VINO, FRUTO DE LA TIERRA Y DEL TRABAJO DEL HOMBRE”

Continuando la catequesis sobre la celebración Eucarística, la Exhortación Apostólica nos ofrece una hermosa reflexión sobre la “Presentación de las Ofrendas” (Cfr. No. 47). Nos señala que este momento no es como un intervalo entre la liturgia de la Palabra y la Eucarística, porque así nos haría perder la íntima relación que existe entre estas dos partes.

La presentación de las ofrendas se acompaña con una oración que dice el sacerdote y que frecuentemente no escucha el pueblo, ya sea porque la recita en silencio, o bien  porque se sobrepone el canto que normalmente ejecuta el coro o la misma comunidad. El celebrante dice: “Bendito seas, Señor, Dios del universo por este pan/ por este vino, fruto de la tierra/  de la vid y del trabajo del hombre,  que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos. Él será para nosotros pan de vida/ bebida de salvación”.

Este texto es una bellísima expresión de acción de gracias. Dios bendice al hombre regalándole todo lo bueno que tenemos: la vida, la salud, la fecundidad, la amistad, etc…. Pero la bendición del hombre no puede consistir en hacer bienes a Dios, ni desearle bienestar; sólo puede reconocer los beneficios recibidos y agradecerlos;  lo hace a través de la entrega de sí mismo. Nada más podemos dar a Dios, sino manifestarle nuestra gratitud.

¿Puede una ofrenda humilde de pan y de vino convertirse en signo de nuestra gratitud? La Exhortación dice: “El gesto sencillo y humilde tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar, toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre” (Ibid.).

Presentamos pan porque es el alimento elemental del hombre; es el que mantiene nuestra vida, nos fortalece y nos construye. Presentamos vino que es el signo de la fiesta, de la alegría, también de la amistad y del amor. Presentamos pan y vino, elementos que en su sencillez están cargados de significado.

El pan que presentamos es “fruto de la tierra”; en él está presente esta tierra nuestra, en la que Dios nos ha colocado y que es como una madre fecunda que con sus frutos alimenta a sus hijos. En la presentación del pan “fruto de la tierra” le estamos manifestando a nuestro Creador, la gratitud por todo lo que significa para nuestra vida el planeta en el que Él nos ha colocado; en su redondez es como la plenitud, la totalidad, la perfección de lo que Dios nos ofrece.

“Fruto del trabajo del hombre”. Le decimos así al Señor que ese pan y ese vino es también nuestro; en ellos está simbólicamente presente todo el hombre, con sus esfuerzos, sus sudores y fatigas. Le decimos que nuestro trabajo no es tarea de esclavos, sino aportación que nos dignifica y nos hace colaboradores de Dios en la obra de la creación del mundo.

En la presentación de esas cosas pequeñas, le estamos ofreciendo nuestra misma existencia, con todas sus grandezas y con su carga de sufrimiento y de dolor. “Llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios…. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo” (Ibid).

No necesitamos recargar más el momento de la presentación de las ofrendas; es suficientemente rico en significado propio como para que intentemos colmarlo de otros elementos que más bien lo oscurecen. “Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas” (Ibid).

† José G. Martín Rábago

Arzobispo de León

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